La sargento Villasante hace entrar al soldado Pérez; éste da tres pasos hacia adelante y se cuadra.

El Soldado – A sus órdenes, señora.

La Sargento – Cuénteme, soldado.

El Soldado - Sí, señora.

La Sargento - Dígame soldado, qué fue lo que ocurrió anoche.

El Soldado - La noche fue muy larga, señora.

La Sargento - Sabe muy bien a lo que me refiero, ¿me va a contar exactamente qué ocurrió anoche en los barracones?.

El Soldado – Hubo una pelea, señora.

La Sargento – Sé que hubo una pelea, quiero saber la causa de esa pelea, soldado, y usted me va a decir exactamente cuál fue la causa de esa pelea ¿entiende? Soldado.

El Soldado ­- Entiendo; pero las causas son subjetivas, señora.

La Sargento ­­– No se haga el listo soldado, y dígame por qué empezó la pelea.

El Soldado - Ehhh, empezó por, por una discusión, señora.

La Sargento – Soldado, deje de titubear como una niña y dígame por qué empezó la puta pelea.

El Soldado - Por una discrepancia de opiniones, señora.

La Sargento – Soldado Pérez, está usted acabando con mi paciencia y con sus posibilidades de salir bien parado en este asunto. Dígame exactamente cual fue el origen de la discusión y de la puñetera pelea.

El Soldado - El cabo Herrera dijo que usted está muy buena, señora.

La Sargento – Y usted ¿qué dijo?, soldado.

El Soldado – Dije que me parecía vulgar, señora.

La Sargento – Mire, soldado, al suelo.

El soldado Pérez se tumba en el suelo boca a bajo con los brazos preparados para hacer flexiones.

La Sargento – No sea imbécil soldado, le he dicho que baje la mirada, no que se arrastre.

El soldado Pérez se levanta y se vuelve a cuadrar. – Sí señora.

La Sargento – Baje la mirada soldado, al suelo. Eso es, vaya subiendo la mirada lentamente soldado, eso es. Ahora míreme a la cara. ¿Qué le parece mi cuerpo? Soldado.

El Soldado – Tiene usted un cuerpo fuerte, señora.

La Sargento - ¿Fuerte? Soldado, Mírelo de nuevo y vaya describiendo lo que ve, soldado.

El Soldado – Tiene unas piernas fuertes señora, uhh, noventa de caderas, sesenta y cinco de cintura, ochenta y cinco de pecho y brazos y hombros fuertes, señora.

La Sargento – Casi, soldado, 91, 66, 87, y ¿le parece vulgar?, soldado.

El Soldado – No sé preocupe, las opiniones son subjetivas, señora.

La Sargento – Responda, ¿le parece vulgar mi cuerpo? soldado Pérez.

El Soldado – Me he expresado mal, señora. Dije que su cuerpo perfectamente podría estar en una pasarela pero que en el ejército es un cuerpo vulgar, señora.

La Sargento – ¿Le parece mejor, para el ejército, el cuerpo del cabo Herrera?, soldado. ¿No será usted maricón? Soldado.

5 segundos de silencio.

El Soldado – Desde que una mujer puede ser un buen sargento y un homosexual un buen soldado el ejército ha ganado mucho, señora.

La Sargento – Dígame, soldado, ¿quién ganó la pelea?

El Soldado – Yo, señora.

La Sargento – Bien hecho, soldado. Puede retirarse.

El soldado se va y la sargento se acerca al espejo y sonríe.